Reflexiones sobre "Un día fui mi hija no-nacida" de Yolanda M.
Fragmentos de una vida no vivida
Antes de que comiences a leer esta reflexión sobre el cuento de Yolanda M. Te dejo aquí el link para que lo leas.
Leer un cuento de Yolanda es introducirme, entrar en un laberinto. Hay una salida, pero uno tiene que perderse; pasar una y otra vez por los mismos lugares y buscar desesperadamente la luz de afuera. Es estar en un estado de desorientación.
Su cuento “Una vez fui mi hija no-nacida” es profundo, entreverado, fragmentado, es un grito de auxilio, es un golpe en la mesa de la narradora con gritos de dolor y de bronca. Quiere maternarse a ella misma, dejar que se cuele la luz en las grietas de su alma, quiere (re)nacer.
La narradora es el personaje de su propia historia que se enfrenta con una presencia que un día vino a habitarla, su hija no-nacida.
La tensión se revela desde la primera oración del cuento. Sabemos que nos vamos a encontrar con un alma/mente perturbada cuando se anuncia el encuentro con una hija no-nacida.
Nada parece haber hecho bien, nada parece haberla hecho feliz, nada parece que hicieron bien con ella; necesita redención. Está en la figura de la presencia, pero aun así no puede asirla, porque es ella misma la que está fuera de su alcance.
Así como el laberinto simboliza una búsqueda en la confusión, la narrativa de Yolanda refleja una mente que navega por la complejidad de las experiencias; tiene una estructura emocional quebrada que denota el esfuerzo de encontrar una autoaceptación.
La fragmentación narrativa rompe la linealidad y permite que el lector experimente la dislocación emocional de la protagonista y sus luchas. Pero también lo desafía; no hay literalidad, entonces hay que poner en alerta todos los sentidos para seguir los pasos de quien está en plena tensión y rompiendo el flujo temporal y causal, como sucede con la narradora.
A medida que avanzamos con la (re)lectura, un panorama se va entreabriendo; la hija no-nacida nos marca la necesidad de maternar, de proteger. Cuando se encuentran en la piscina y unos niños feos quieren ahogar a la niña tomándola del cuello. La madre asume la sensación de estrangulamiento. Esta sobreinversión emocional nos revela el instinto protector hacia su hija violentada por el niño.
La siguiente secuencia del texto de Yolanda es perturbadora; es la secuencia más plagada de (des)identidad, y a su vez, la más vulnerable.
“La casa era un lugar de pesadilla, un encierro, un estado mental, otro estado, otro país. Cuando pensaba que volaba, caí abajo al infierno, donde estaba ella a la espera, en la piscina nocturna en casa de los amigos comunes de otros amigos, y ni ella ni yo conocíamos a nadie. Ella se encontraba en la fiesta para jugar con los hijos de los desconocidos. Y todos se habían tirado a la piscina borrachos y semidesnudos…”
A partir de la descripción de la casa como un lugar de pesadilla, refleja un ambiente que va más allá de lo físico; es su caos interno con las ganas de salir “volando” de la abrumadora realidad del sufrimiento.
Luego, la fiesta con sus hijos y los adultos “borrachos y semidesnudos”, muestra un espacio de desinhibición y descontrol con el que se vio afectada la narradora. La afirmación de no conocer a nadie, ni de pertenecer, ahonda la disociación que siente con ella, con su pasado y su maternidad. No hay seguridad en este entorno; está bajo la voracidad del ambiente que le es ajeno. Esta intersección entre vulnerabilidad y (des)identidad la convierte en una de las secuencias más impactantes del relato.
La existencia de la narradora fue afectada, posiblemente en su niñez, y a través de ese entendimiento, se presenta una cadena de inevitabilidades como un patrón. De aquí la mención inicial de que nada parece hacer bien y que necesita redención, está atrapada en una prisión, “grita” ayuda pero no hay nadie. Está agotada en sus propios recuerdos y encontró en la construcción de la hija no-nacida el amor incondicional que no tuvieron con ella, el reflejo de la identidad, la responsabilidad y cuidado que tampoco tuvieron con ella, la conexión familiar (ausente) y la esperanza de liberación.
Desea quitar sus etiquetas, sus no-logros, sus heridas; lo poco que le queda es el flujo consciente de ella misma. La narradora y su hija no-nacida no están separadas; es una sola que la hace consciente de que algo bueno queda en ella y no quiere que se le deslice entre los dedos para desaparecer.
No se encuentra atrapada en un hábito repetitivo de desgracias; es lo único que conoce, es la observadora de su propio intento de conversión en algo que está fuera de su alcance, porque está disociada, fragmentada y quebrada; obedece a códigos invisibles. No tiene la posibilidad de despertar un día y preguntar: “¿Esto es todo lo que hay?” Sin embargo, observo un leve atisbo en el horizonte; es a través de su hija no-nacida, y pienso que alguna vez pudo haber sentido el calorcito de un beso en la mejilla antes de romperse todo.
La ausencia es la presencia de mayor peso, es un agujero negro sin fondo, como la casa de la narradora. No se ve un final aceptablemente humano para ella; la veo atrapada en su locura.
Este cuento de Yolanda me afectó; no es solo un cuento fantástico al borde de lo psicológico, es la vida de muchas atravesadas por las desgraciadas acciones de gente mala, enferma, de un mundo que le ha sido hostil.
La escritora ha creado una genialidad; como construyó la atmósfera, el personaje, el entramado, las tensiones psicológicas. En estas labores escriturales Yolanda es especialista. En su arte tiene conocimiento, osadía, resistencia y un poco de locura. No pretendas entenderla, solo intentá salir ileso de sus cuentos.
Con amor, Andrea.


